domingo, 15 de septiembre de 2013

La chica de septiembre.


There are places I remember

Hay lugares que siempre recordaré y, aunque cambien, los recordaré como esas veces en que hemos estado juntos en ellos, como si no los recordara yo sino que los recordáramos juntos. Ahora que vuelve la (no)normalidad o la no-rutina, es como si me re-encontrara con un yo que me estaba esperando aquí desde junio. Es un yo que me guía a las costumbres: escuchar muchas horas los Beatles, como sin quererlo, como música de fondo de los días que pasan, porque en verano se me olvida y los escucho solo en mi cabeza, como si los leyera en una nota a pie de página; escucharlos mientras camino hasta la uni o mientras espero a que toques el timbre; o quizá la costumbre de escribir en el blog mientras estás cenando para darte una sorpresa cuando vuelvas. Es un yo de costumbres, un yo cotidiano, que entre las anotaciones en la agenda, los versos de Lennon o los de Lorca, entre los cafés del mediodía o entre los tic-tac del reloj que suenan que va de un lado para otro de la ciudad, entre todo eso, recuerda esos lugares que siempre recordará como cuando tú y yo estábamos allí.

Y siento esta suerte de desdoble de personalidades, porque aún no me encuentro, aun me siento dividida entre la que seré mañana – el estuche con bolis nuevos, las carpetas con folios en blanco, los propósitos de septiembre, la chica de los cascos enormes que pasea cantando hasta la plaza San Francisco pensando en ti y, a veces, en George Harrison – y entre la que he sido estos tres maravillosos meses: la chica a la que le regalaste un teléfono rojo y que se empachó a lacasitos en su cumpleaños de veinte junios y dos días, la que se mareó con los luppings del Dragon Khan o con la que te quedabas dormido en la playa, en esa hora inexacta de calor abrumador regulado por la brisa del mar azulísimo. O la que se tomaba la horchata disfrutando al máximo tan solo porque los dos sabíais que era la tradición pre-viaje, o la que pasó tanto miedo en el avión de camino a Roma, o la que te descubrió la pizza al taglio en la pizzeria el Capriccio o la que se enamoró un poquito más de ti al ver tu cara de sorpresa al ver el Coliseo por primera vez. Y sí, también la chica que se olvidó la chaqueta el día que visitastéis el Vaticano y la que robó un helado cerca del Il Vitoriano, haciéndote dar un rodeo tremendo para que los perseguidores ficticios os perdieran. La que te hizo andar mil y un kilometros y a la que (pienso, ilusa) mirabas con una sonrisa en la cara mientras contemplaba las estatuas de Bernini o de Miguel Ángel. La chica a la que besaste con el Ponte Vecchio del fondo y la que se enfadó porque no encontró una estatua de Leonardo en la fachada de los Uffizi, o la que se pensaba que las puertas de Ghiberti eran las originales o la que era incapaz de sacarte una foto enfocada con el león de la Loggia. Sí, también esa chica que tuvo que sentarse a medio camino al bajar de la cúpula de Bruneleschi para tomarse un mini-croissant y recuperar las fuerzas o la que dejaba de escucharte cuando el Duomo daba las horas. Sí, lo sé, también la chica de las mil rozaduras en los pies y de los mil y un vestidos, la chica que se quedó embobada al salir de la estación de Venecia y encontrarse un canal, como si no supiera a dónde iba de antemano, o la que encontró como por casualidad el Sottoportego dei Mori o la que se empeñó en comprar pesto para cocinar y definitavemente la chica que se echaba a llorar practicamente cada vez que pisaba la Plaza de San Marcos y la que atesorará tontamente en su cabeza el paseo en góndola como uno de los recuerdos más felices de su vida. Esa que no le dio la gana de aprender cómo utilizar las cafeteras italianas para que tú hicieras todas las mañanas el café y a la que le daba vergüenza bailar el vals que tocaba la orquesta del café Florian. También la chica que te llevó a ver La última cena de Leonardo y a la que le brillaban excesivamente los ojos después de visitar el Castello Sforzesco o después de cenar panzerotti. La que pasó miedo en la estación de metro desierta de Milán y la que casi se deja el bolso con toda la documentación en el tren de camino al aeropuerto. La que cada vez que despegaba un avión te dice que te quiere “por si acaso” o la que se quedó una semana contigo en la playa pese al dolor de muelas. La chica que tachaba los días en un calendario para volver a verte y que se hizo una trenza preciosa de camino a Cambrils para que la vieras guapa tras un viaje de cuatro horas en bus o a la que regalaste un anillo de sorpresa. La chica que te organizó una escapa de dos noches a Liverpool y de la que te reíste por su emoción al pisar Matthew Street o tomar Bangers&Mash. La que se creyó que un imitador era Ringo y la que no se acababa nunca el café del Nero. La que te hizo ir a pedir a la barra de la Caverna scothcola para luego poder decir que la habías invitado a uno o la que metió tan solo camisetas de los Beatles en la maleta.

Aunque, al fin y al cabo, esa chica que apagaba todas las mañanas el despertador antes de que te diera tiempo de despertarte y te echaba la bronca por dormir demasiado, sigue siendo la que escribe esto, la que tiene unas ganas terribles por empezar a trabajar, por comenzar las clases y abrumarte con datos sobre Lingüística o anécdotas pasajeras frente a unos churros de Fama. La verdad es que empiezo a re-encontrarme y ahora miro las fotos, veo los videos, leo el diario y tengo sencillamente esa certeza: que recordaré esos lugares toda mi vida pero de esa manera tan especial, con esa pátina pegajosa y dulce que tiene todo en verano, como el helado de pistacho que se derretía sobre el cucurucho en algún día incierto de julio.

Gracias por esta aventura.
¿Empezamos otra?

1 comentario:

Guillermo Blanco dijo...

Y también eres la única persona que sabes como se me saltan las lagrimas la primera vez que leo esto. Que chachi escribes, P.

Corre, venga. ¡Empecemos!